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Soy estudiante de Pedagogía. Eso, para los que bien me conocen o han leído mi “bio” en Twitter o en Google+ o incluso en mis blogs, no es novedad. Lo que tal vez sea novedad es la constante lucha que decirme “estudiante de Pedagogía” representa en mi vida.

Antecedentes: me considero una mujer inteligente. Me gusta pensar y reflexionar, me gusta estudiar y prepararme y estoy muy acostumbrada a trabajar arduamente para obtener lo que busco en esta vida. Desde hace años aprendí que si no hago yo las cosas nadie me las va a regalar, y si bien creo en las parejas estables no creo en el cuento de hadas donde llega el príncipe azul con millones de dólares en la bolsa para un “y vivieron felices (y sin trabajar) para siempre”. Confieso que en algún momento me ofrecieron mantenerme, para que yo me dedicara única y exclusivamente a la casa y a mi hijo. ¿Honestamente? No me faltaba nada en cuanto a dinero se refiere. Pero mi inquietud natural y mi cerebro ávido de ideas no me dejaban estar en santa paz. Necesitaba libros, letras, lecturas, discusiones. No existían en ese “hogar feliz” del que hace años huí.

Cuando dije que iba a estudiar Pedagogía la verdad no sabía la camisa de once varas en la que me estaba metiendo. Sí, claro, el perfil dice que “el estudiante debe estar interesado en los problemas educativos en particular y sociales en general”, “habilidad para el manejo del lenguaje escrito y oral”, “Interés por ofrecer alternativas, explicaciones, argumentos, posibilidades, puntos de vista críticos y reflexivos para educar cada vez mejor a la población”: en pocas palabras, reflexión y pensamiento crítico necesarios. Sonaba muy bien. Los puntos angulares de la Licenciatura son la Filosofía, la Psicología, la Sociología y se imparte en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM; al menos ahí la curso yo. Era como mandada a hacer para mí y por ello entré felizmente en 2008 y la retomé en 2010.

¡Cuál no sería mi sorpresa en 2010 cuando mis amigos filósofos me miraron extrañados ante mi interés por la Pedagogía! Vaya, hasta mi novio, hombre inteligente y crítico que si bien no es filósofo de profesión, lo es de vocación, me observó con cierta extrañeza “¿Pedagogía?”

No, ninguno trató de convencerme de lo contrario, pero no se veían muy convencidos. Primer debate: ¿es la Pedagogía una ciencia? Cuando me hicieron la pregunta había un brillo pícaro en sus ojos, lo recuerdo claramente. “No, por supuesto que no lo es”, contesté como si tal cosa. ¡Desarmados! “Ay, así no es divertido” exclamó una querida amigaría, filósofa. No entendí hasta después.

El “problema” de mis amigos y de mi novio para con la Pedagogía no era la Pedagogía per se, ni mucho menos yo misma, sino el estigma que hay alrededor de esta disciplina para ellos. Ellos conocen a las pedagogas (no pedagogos) de cierta universidad de paga donde estudiaron mis amigos filósofos. Son niñas de familias más o menos acomodadas, en general, que se juntan en grupitos cuchicheantes y de repente estallan en carcajadas simplonas ante la menor provocación. Son niñas que generalmente los demás estudiantes de la universidad en cuestión veían más tiempo fuera que dentro del aula de clases y que claramente se veía que estaban en la universidad Mientras Se Casaban. ¿qué cosa? Sí, así tal cual. La Pedagogía era nada más un mero divertimiento, un pretexto para socializar. Los filósofos se cuestionaban qué veían en sus clases y si de verdad estudiaban. Ellos ya se habían comprado el estigma de que es una carrera sencilla,  por ser claramente MMC.

Me ofendí terriblemente al conocer esto. Lo comprendí perfectamente al enfrentarme a las pedagogas de su universidad. Eran un cliché con pies. Qué dolor. Empecé a platicar de vez en cuando con una o dos de ellas. Jamás en la vida hablan de la carrera (yo a veces siento que no hablo de otra cosa), nunca las he escuchado mencionar a los autores de los que me he enamorado: Philippe Meirieu, Ángel Díaz Barriga, Paulo Freire… Está bien, no todos debemos amar a los mismos autores, pero ¡vaya! Ni siquiera trabajan en algo referente a la educación. En bancos, en laboratorios farmacéuticos… Ok, la Pedagogía no involucra forzosamente dar clases, eso es un hecho, pero involucra pensamiento, reflexión, apoyar a los planes de estudio, hacer investigaciones: el campo de trabajo es muy amplio. En las pedagogas que conocí por mis amigos no veo jamás esa pasión, esa chispa que noto en la FFyL. Con razón mis amigos me vieron con cara de “¿va en serio?” cuando dije que iba a ser pedagoga.

¿Por qué esta idea de que una licenciatura debe ser en lo que uno se casa? Igual, una conocida mía me comentó que su propia familia le dijo “Qué bien que vas a estudiar Historia del Arte, para que tengas en qué entretenerte cuando te cases”… su madre estudió Pedagogía con esa idea también: algo en qué entretenerse, como si la licenciatura fuera un juguete en lo llegan los bebés que, a mi parecer y bajo este cristal, también han de ser juguetes para entretener a este tipo de mujeres. ¿Vale la pena gastar tiempo, esfuerzo y dinero para darle un divertimiento a las mujeres en lo que se casan?

Yo no estoy en contra de que una mujer decida que prefiere ser ama de casa hecha y derecha, cada quien está en su derecho de ser lo que desee en esta vida. Para algunos debe funcionar a las mil maravillas. Yo ya lo probé y no me funcionó. Lo que no creo que esté bien es uno: alimentar la idea de que ciertas licenciaturas sólo sirven MMC, como la Pedagogía o Historia del Arte y dos: hacer perder el tiempo a los profesores y el resto del alumnado. Reitero, no estoy en contra de los planes de vida de cada quien. ¿pero se han puesto a pensar todo lo que involucra para un docente preparar su cátedra? Es frustrante como alumno y como docente (he estado en ambos lados del escenario) enfrentarse a compañeros que no tienen el menos interés en hacer algo productivo gracias a lo que se está estudiando. Para el docente es una pérdida de tiempo, esfuerzo y a la postre de ilusión: ¿preparar cátedra para que no valga la pena? ¿para que saliendo del salón ya hayan olvidado lo que dije? ¿para que no lean, no piensen, no discutan? Como alumno también es pesado: el compañero que nada más calienta la banca y no fomenta una buena discusión dan ganas, perdón, de estrangularlo/a.

¿Cuál es la solución? No sé bien a bien la solución tajante para ello. Es más, no creo que exista. De entrada es fácil irnos a los supuestos y decir que creemos una universidad MMC y ya. Sin embargo ya existen las que se consideran universidades para señoritas, y eso no evita que otros posibles candidatas MMC entren a otras escuelas.

Creo que tal cual lo importante es dejar de fomentar esta creencia dentro de las escuelas. Si bien no podemos hacer mucho por la educación natural (la educación que recibimos en casa todos), los docentes pueden promover en la educación artificial el que ir a ala escuela y prepararse no es un hobby: involucra tiempo, esfuerzo, dinero, aun cuando hablemos de una escuela pública.

El plan de vida es de cada quien y si de verdad el máximo de una mujer es ser ama de casa ¡se vale! Pero fomentar que ciertas licenciaturas sólo sirven para entretenerse “de mientras” es lo que no se vale. El estigma debe romperse empezando por las mismas escuelas y los docentes.

Yo, desde mi trinchera, no puedo más que poner mi granito de arena para demostrar que la Pedagogía, si bien no es una ciencia, no es tampoco un divertimiento. Un buen pedagogo puede y debe fomentar un cambio en la educación. No soy tan idealista como para creer que podemos cambiar al mundo completamente, pero podemos poner nuestro granito de arena.

Sólo con profesionistas que vayan rompiendo estos paradigmas y docentes que desde sus aulas también los vayan rompiendo llegaremos a ese punto en que no etiqueten a las licenciaturas como MMC.